1.- Respirar bien.
En realidad ya sabemos respirar bien. Me explico… desde que nacemos respiramos bien pero llega una edad en la que por sedentarismo, problemas en la vida etc., hace que lo dejemos en segundo plano.
¿Por qué es tan importante saber respirar?
Respirar es mucho más que llevar oxígeno a los pulmones y eliminar dióxido de carbono.
La inhalación o inspiración (coger el aire), oxigena cada célula de nuestro cuerpo.
La exhalación o expiración (soltar el aire), ayuda al drenaje linfático y desintoxica al organismo.
Las células del cerebro empiezan a morir después de unos minutos sin oxígeno.
El corazón y los riñones también se ven muy afectados por la falta del mismo.
La respiración es nuestra primera fuente de energía.
Aumenta nuestra vitalidad física, psíquica y espiritual y nos ayuda a restablecer el equilibrio emocional.
Si estamos estresados o nerviosos por algo, podemos hacer un ejercicio que nos ayudará a recobrar la serenidad.
-Toma tu pulso antes de empezar este ejercicio de respiración. Si estás excesivamente nervioso o nerviosa, sentirás tu pulso alto.
-Inhala (toma aire) profundamente por la nariz mientras mantienes la boca cerrada y mantenlo por unos segundos.
-Libera suavemente el aire por la boca.
-Haz esto un par de veces y toma tu pulso de nuevo; verás como tu ritmo cardíaco vuelve a su estado normal y que un sentimiento de relajación invade tu cuerpo.
Te animo a que si no tienes costumbre de respirar profundamente, que lo hagas a partir de ahora. No te llevará mas de un minuto. Podrías programar la alarma de tu reloj de pulsera o el celular para que cada hora te suene y puedas hacer un pequeño ejercicio. Es el siguiente, si puedes, cierra los ojos y haz una inhalación (coge aire) por la nariz, mantenlo cuatro segundos, y suéltalo por la boca. Hazlo así unas cuatro veces. Si puedes hacer este ejercicio un minuto cada hora veras con el tiempo como el cuerpo lo va a ir haciendo de manera automática.
Unas cuantas respiraciones te ayudarán a bajar la tensión y la angustia, en cualquier momento o lugar.
Respiración tranquilizadora.
Toma aire por la nariz, sostenlo unos momentos y expúlsalo suavemente, contando hasta cuatro, en cada fase.
Cuatro tiempos para tomar aire, cuatro para sostenerlo y cuatro para dejarlo salir.
Hazlo sin forzarte.
A medida que mejore tu capacidad pulmonar, aumenta de cuatro a seis y finalmente a ocho tiempos, para cada fase.
Hazlo varias veces.
Respiración profunda.
Adopta una posición cómoda, ya sea sentado o acostado.
Si tienes algo que te oprima como una prenda o un cinturón, aflójalo por un momento.
Cierra los ojos.
Concéntrate en el aire que inhalas y el aire que exhalas.
Durante las primeras cuatro o cinco respiraciones no hagas ningún cambio.
Sólo obsérvalas.
Toma aire lentamente por la nariz y dirígelo a la parte baja del estómago, por debajo del diafragma.
La parte baja del estómago se infla y el diafragma se mueve, permitiendo que se expanda la caja torácica.
En estos momentos, el pecho y los hombros no deben moverse.
Sigue inhalando y siente como el aire va penetrando en la parte media y finalmente en la parte alta de los pulmones, hasta que el pecho finalmente se expande.
Aguanta unos segundos el aire, pero sin que eso te cree tensión.
Ahora déjalo salir lentamente por la nariz.
Permite que se desinfle primero la parte alta de los pulmones, después la parte media y finalmente el estómago, mientras te dices: “Estoy bien, estoy relajado”.
Puedes ayudarte poniendo una mano en el estómago y la otra en el pecho.
Al inspirar (coger aire), la mano del pecho no se debe mover hasta que el estómago se haya llenado de aire.
Al expirar (soltar el aire), baja primero la mano del pecho y después la del estómago.
Repite el ejercicio entre cinco y diez veces.
Hazlo varias veces al día, cada vez que te acuerdes.
Hasta que logres que el ritmo sea natural, fluido y más relajado.
Como dijimos al principio este tipo de respiración es la de los bebés. Así que todos respiramos así durante un tiempo. Recupérala.